Perú en la Bienal de Venecia

La participación del Perú en la Bienal de Venecia con la obra de la artista amazónica Sara Flores no puede entenderse únicamente como una selección artística. Es, ante todo, una toma de posición sobre la manera en que el país decide representarse ante el mundo. Así lo plantea Armando Andrade, comisario del pabellón peruano, cuya lectura sitúa esta presencia como parte de una transformación cultural de largo aliento.

La 61ª Exposición Internacional de Arte de La Biennale di Venezia —uno de los eventos más influyentes del arte contemporáneo global— se celebrará del 9 de mayo al 22 de noviembre de 2026, con jornadas de preapertura entre el 6 y el 8 de mayo. Como en cada edición, los pabellones nacionales funcionan como declaraciones culturales autónomas distribuidas entre los Giardini, el Arsenale y distintos espacios de la ciudad. No se trata solo de exhibiciones, sino de la construcción de una imagen de país ante una audiencia internacional diversa.

Desde esa perspectiva, la elección de una artista shipibo-konibo no responde a un gesto aislado, sino a la continuidad de un proceso que el Perú viene desarrollando desde hace décadas. Andrade lo vincula con un desplazamiento cultural que ya había comenzado a hacerse visible en otros ámbitos —como la gastronomía— y que ahora alcanza un territorio más profundo: la Amazonía y el sistema visual del kené. Lo que durante mucho tiempo fue considerado margen se sitúa hoy en el centro, modificando las coordenadas desde las cuales se ha narrado la cultura nacional.

Este movimiento transforma también el mapa simbólico del país. La representación oficial deja de apoyarse exclusivamente en tradiciones asociadas a lo criollo, lo andino o lo limeño para reconocer un territorio que constituye una parte sustancial del Perú y que, sin embargo, ha permanecido culturalmente subrepresentado. Que una artista amazónica asuma esa representación internacional no es, en este sentido, un gesto anecdótico, sino el síntoma de un cambio más profundo en la manera en que el país se piensa a sí mismo.

Durante décadas, las producciones amazónicas fueron encasilladas en categorías externas —artesanía, patrimonio, tradición— que las situaban fuera del campo contemporáneo. Andrade subraya que lo que ha cambiado no es la naturaleza de estas prácticas, sino la forma de mirarlas. “Nunca dejaron de ser actuales ni de dialogar con su tiempo; lo que estaba desfasado era el marco desde el cual se las interpretaba. El reconocimiento actual responde a una ampliación progresiva de la idea de nación y de los criterios con los que se define qué es arte” comenta.

“En el centro de esta reconsideración se encuentra el kené, entendido no como motivo decorativo sino como un sistema complejo que articula cosmología, medicina, territorio y memoria. Sus patrones funcionan como estructuras de conocimiento que organizan la experiencia comunitaria y espiritual. Para el comisario, su potencia radica precisamente en esa autonomía: no necesita traducirse a categorías occidentales para sostener su validez. En un momento en que el arte contemporáneo global busca nuevas formas de pensamiento capaces de desbordar sus propios límites, el kené aparece como una tradición plenamente vigente”.

La presencia amazónica en Venecia se inscribe también en un contexto más amplio de transformación del sistema artístico internacional, que busca expandirse hacia otros horizontes culturales y epistemológicos. Más que una política de inclusión, Andrade la entiende como una necesidad histórica: la incorporación de mundos de conocimiento que permanecieron durante demasiado tiempo fuera del canon dominante.

Para muchos visitantes, el pabellón peruano ofrecerá una imagen distinta del país: la de un territorio donde coexisten civilizaciones vivas en múltiples temporalidades. La Amazonía deja de percibirse como un escenario natural para revelarse como un espacio de producción intelectual, espiritual y política. En ese sentido, lo ancestral no aparece como vestigio del pasado, sino como una forma activa de contemporaneidad.

El diálogo entre conocimiento ancestral y presente se articula, según esta lectura, desde una constatación sencilla: el kené continúa formando parte de la vida cotidiana de la comunidad que lo produce. Su vigencia no depende del contexto expositivo, sino de su continuidad como práctica viva. Lo que cambia en Venecia es la escala de visibilidad, no la naturaleza del conocimiento.

Esta participación marca, además, un punto de inflexión en la manera en que el Perú se representa culturalmente en el exterior. Que un artista indígena asuma oficialmente esa voz en un evento de esta magnitud evidencia tanto un avance como una revisión pendiente de la historia cultural del país. El pabellón no solo interpela al público internacional; invita al propio Perú a reconsiderar los límites de su identidad.

Más que una participación internacional, este proyecto propone una forma distinta de entender al país: no como una narrativa única, sino como la coexistencia de múltiples tradiciones y sistemas de conocimiento. Al situar la obra de Sara Flores en Venecia, el Perú no solo presenta a una artista, sino que reconoce públicamente a la Amazonía como parte central de su identidad cultural.

En ese gesto, aparentemente sencillo pero profundamente significativo, se abre una conversación necesaria: la de un país que comienza a mirarse desde territorios que durante mucho tiempo permanecieron fuera del centro de su propio relato.

 

Créditos: María Emilia Miró Quesada

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