En la obra de Abel Bentin, la pintura deja de ser un plano estático para convertirse en un territorio en constante transformación. El artista peruano desarrolla un lenguaje contemporáneo que parte del óleo —con toda su carga técnica y tradición— para luego tensionarlo mediante la incorporación de elementos intervenidos que expanden la pieza más allá del lienzo.
Su propuesta se sitúa en ese cruce entre lo pictórico y lo objetual. Las superficies, lejos de cerrarse en sí mismas, se abren a nuevas dimensiones donde la materia adquiere protagonismo y la obra dialoga con el espacio. En este contexto, sus ya reconocidos conos de helado aparecen como un gesto recurrente: una forma aparentemente lúdica que, en manos de Bentin, se convierte en símbolo.
Más que un elemento decorativo, estos conos funcionan como un ancla visual que articula su universo. Hay en ellos una tensión interesante entre lo pop y lo conceptual, entre lo familiar y lo disruptivo. Su repetición no busca redundancia, sino construir identidad.
El trabajo de Bentin plantea así una reflexión sobre los límites de la pintura en la contemporaneidad. ¿Hasta dónde puede expandirse una obra sin perder su esencia? En su caso, la respuesta no es teórica, sino material: está en cada capa, en cada intervención, en cada decisión que transforma el soporte en experiencia.
En un momento donde las fronteras entre disciplinas se diluyen, su obra se posiciona con claridad. No se trata de abandonar la pintura, sino de empujarla hacia nuevas posibilidades.











