CLARA x RAFAEL: una noche que elevó la escena gastronómica de Quito

El cierre del abril gastronómico en Quito lo marcó la llegada, por una sola noche, de la cocina de Rafael a la capital ecuatoriana. El pop-up tuvo lugar en Clara, uno de los restaurantes que hoy empuja con más fuerza la escena local, liderado por los cocineros Ana Lobato, Ángel de Sousa y Felipe Salas.

A nivel de trayectoria son dos historias distintas. El pasado noviembre Rafael celebró 25 años como uno de los grandes íconos de la cocina latinoamericana, mientras que Clara, por su parte, fue nombrado come el One to Watch de la lista Latin America’s 50 Best Restaurants recién en el 2024, cuando tenía menos de un año de abierto, y el año pasado escaló hasta el puesto 60 de ese mismo ranking. El punto de encuentro, sin embargo, es evidente en la mesa. Ahí se hace claro que ambos restaurantes hablan un mismo idioma: estilos propios, sí, pero valores y obsesiones que apuntan en una dirección común.

Clara, como Rafael, es un restaurante donde prima el sentido común. La carta es directa, sin rodeos; pesan más las influencias que los inspiran que la necesidad de construir esas narrativas forzadas que a veces terminan por hundir a sus contemporáneos. Aquí todo gira en torno al sabor, al ambiente, a la música. El resto ocurre naturalmente en la mesa, en la relación con el comensal. Es de esos raros restaurantes relativamente nuevos que nacen con la calidez de uno que ha sido parte del tejido de la ciudad desde siempre.

Por eso la cocina del Rafael encajó tan bien a fines del mes pasado. Rodrigo Alzamora, quien lidera el restaurante en Lima, pasó tres días en Quito afinando su parte de una carta que, en su conjunto, se sentía más como el menú de un restaurante propio que como la suma de dos cocinas separadas por una frontera y dos décadas de camino
recorrido.

La cena arrancó con un financier de pistacho y foie de parte del Rafa. Uno de esos bocados que marcan el tono de la noche. Siguió un recorrido por varios de esos platos infalibles desde Lima: el tiradito almendrado de atún, las mollejas XO, una pesca tandoori y la pasta piemontesa de pato —un clásico de la escena limeña que el público quiteño tenía que probar (y que fue el primero en agotarse de la noche). Desde Clara completaron con una tortilla encocada con langosta, chuletillas de cordero y un pez brujo a la parrilla.

De postre, chocolate con ajonjolí negro por parte de los locales y la panna cotta veronesa desde Lima. Como guiño adicional entre dos restaurantes con barras que tienen su propia clientela fiel, el Rafa llevó dos cocteles a base de pisco para redondear la noche. Fue de esas cenas con sentido, sin mayor alarde. La sala, llena en dos turnos, reunió a
habituales de Clara, peruanos radicados (o de paso) por Quito con ganas de casa, y un buen grupo de cocineros locales queriendo probar lo del Rafael. Después, buena parte de ellos —quien escribe incluido— caminaron dos cuadras y se volvieron a ver las caras en Big, el bar que tiene Salas junto a la bartender Sarah Ruíz, donde se suelen alargar las noches que lo ameritan en la ciudad.

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