En Lima hay una creadora que entiende la pastelería como un lenguaje propio. Sabina de Szyszlo, fundadora de La Dulciteca, ha construido un estilo reconocible: piezas dulces que combinan técnica, diseño y una sensibilidad muy personal. Su propuesta no busca simplemente endulzar, sino contar historias, provocar curiosidad y transformar el postre en un objeto de expresión.
Su trayectoria es el resultado de años de formación, viajes, exploración y una intuición afinada para unir sabores con estética. Sabina no reproduce tendencias, las interpreta desde su propio universo, donde conviven tradición peruana, influencias europeas y un espíritu lúdico que se siente en cada detalle.
Esa mirada la ha llevado a colaboraciones de alto perfil, como su reciente trabajo con Johnnie Walker Blue Label, donde logró plasmar lujo y sutileza en un concepto comestible.
Dulce esencia
En La Dulciteca, su taller y escenario creativo, Sabina experimenta con texturas, colores, glaseados, terminaciones en chocolate y estructuras que desafían lo convencional. Aquí es donde nacen sus tortas geométricas, sus postres escultóricos y esas piezas artesanales que parecen salidas de una galería. Cada creación tiene personalidad y un nivel de precisión que habla de su disciplina.
Su camino profesional también está marcado por su vida junto al chef Coque Ossio. Más que una pareja, son dos cocineros que se acompañan, se impulsan y se retan desde miradas distintas de la gastronomía.
Coque aporta técnica, estructura y un rigor culinario que dialoga con la sensibilidad artística de Sabina. Ella aporta frescura, estética y una libertad creativa que encuentra eco en la cocina de él. Juntos forman un equipo donde las ideas circulan, se prueban y se transforman. Esa sinergia se nota: ambos han desarrollado proyectos donde se cruzan lo dulce, lo salado, lo visual y lo conceptual.
Hoy, Sabina es una de las pasteleras más interesantes de su generación. No solo por lo que hace, sino por cómo lo hace: con autenticidad, obsesión por el detalle y una capacidad rara para convertir lo cotidiano en extraordinario. Su trabajo recuerda que la pastelería también es arte y que, cuando se ejecuta desde la verdad de uno mismo, puede emocionar tanto como una obra sobre un lienzo.
La Dulciteca sigue creciendo y Sabina también. Su historia recién empieza, pero ya tiene el sello de quienes están destinados a dejar huella.
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IG: ladulciteca













